jueves, 2 de mayo de 2013

Lo que nos mueve a pensar son las rupturas de la regularidad de los fenómenos del mundo


George SteinerEl último jardín

Al principio de Tristes trópicos, su famosa autobiografía filosófica, Claude Léví-Strauss, el antropólogo francés, habla de la decisiva influencia de Marx y Freud en su vocación y en sus métodos. Lévi-Strauss nos dice que ve en el marxismo y en el psicoanálisis dos modos de comprensión radical y de reconstitución que compara con los empleados en geología.

El análisis marxista de la sociedad francesa y de los conflictos sociales y de clases, tal como está presentado en el libro de Marx El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, y en el correspondiente estudio freudiano, son penetraciones análogas más allá de la apariencia, más allá de la superficie del fenómeno. 

Corno el geólogo, el pensador social marxista y el analista freudiano dejan al descubierto los niveles dinámicos de tensión, la sedimentación, que determinan el contorno del paisaje. Además ambos sistemas de explicación, también como los del geólogo, avanzan en profundidad tanto estructural como históricamente; su cartografía de los estratos psíquicos o sociales constituye una historia. Nos dicen cómo se formó este trozo de tierra: ¿Por qué las montañas y los valles? ¿Cómo llegaron los ríos a excavar su lecho? Nos dicen cómo han evolucionado las características superficiales -instituciones sociales, conducta, modelos de discurso-, y cómo son el necesario producto final de un largo proceso en el tiempo.

Con un alto grado de autoconciencia y con una confianza que es en ocasiones impresionante, Lévi-Strauss nos dice que quiere completar y, por inferencia clara, corregir y mejorar, los trabajos de Marx y Freud. Es este explícito proyecto combinatorio el que suscribe las pretensiones de totalidad que se encuentran en su uso de la palabra «antropología». Como ningún otro "antropólogo" antes de él, con la posible excepción de Rousseau, Claude Lévi-Strauss emplea esta palabra en su sentido etimológico completo: la antropología, adecuadamente comprendida, es nada menos que la exhaustiva «ciencia del hombre»: la science de 1'homme. En este término debemos percibir el juego completo de valores y connotaciones asociados a la raíz griega lógos -que como todos sabemos es esa palabra difícil, que oscila desde «espíritu» y «palabra ordenadora» hasta «lógica» y, tal vez, «misterio encarnado», según la forma en que se emplea en el cuarto Evangelio-. Un antropólogo, si no quiere ser un mero etnógrafo o coleccionista de exotismos, debe ser, dice Lévi-Strauss, nada menos que un "científico del hombre", cuyo modelo comprensivo de la naturaleza de la vida humana tenga como preliminares la investigación marxista de las fuerzas sociales y la cartografía freudiana de la conciencia. Es una pretensión majestuosa; pero sólo si tenemos esto presente con claridad, podemos comprender el alcance y el impulso unificador de la gran empresa de Lévi-Strauss.

A la hora de tratar de decir algo adecuado con respecto a esa empresa, mi incapacidad es completamente obvia. La estructura de estas charlas nos permite sólo un tiempo limitado. Mucho material es técnico y sólo podría ser discutido por los profesionales colegas de Lévi-Strauss. Además, en los puntos clave los textos son escurridizos y hay un cierto grado de retórica orquestal, inseparable del gran genio de Lévi-Strauss como escritor. Pero para cualquiera que esté interesado por los postulados y cualidades de las grandes mitologías que han tratado de llenar el vacío dejado por la religión, la obra de Lévi-Strauss es de un interés cardinal. En efecto, en este aspecto, Lévi-Strauss es un creador de mitos, un mitógrafo, un inventor de leyendas, para el que la noción de una mitología total, completa, es absolutamente fundamental.

Si el tiempo me lo permitiera, desearía esbozar el trasfondo de esta condición fundamental. Un precedente muy distante es el pensador italiano Vico, de finales del siglo XVII y principios del XVIII, cuya Ciencia nueva fue la primera en decir que los mitos, las historias de la Antigüedad griega, las fábulas, tenían un núcleo vital de historia psicológica y social. Otros modelos más cercanos se encuentran en Michelet, Victor Hugo y Wagner. La leyenda de los siglos de Hugo, El crepúsculo de los dioses de Wagner, tiene su equivalente muy preciso en El pensamiento salvaje Mitológicas de Lévi-Strauss. Incluso el estilo de la prosa de Lévi-Strauss tiene esa textura orquestal tan evocadora de la literatura épica del siglo XIX. Pero esto sería un tema en sí mismo por derecho propio.

Para Claude Lévi-Strauss los mitos son, sencillamente, los instrumentos de la supervivencia del hombre como especie pensante y social. Es a través de los mitos como el hombre comprende el sentido del mundo, como lo experimenta de una forma coherente, como afronta su presencia irremediablemente contradictoria, dividida, ajena. El hombre se encuentra enredado en contradicciones primarias entre ser y no ser, masculino y femenino, joven y viejo, luz y oscuridad, comestible y tóxico, móvil e inerte. No puede, dice Lévi-Strauss, resolver estas formidables antítesis enfrentadas mediante procesos puramente racionales. En los dos polos del tiempo concebible se encuentra enfrentado primero con el misterio de sus orígenes y luego con el misterio de su extinción. El caos coexiste con simetrías aparentemente exquisitas. Sólo los mitos pueden articular esas antinomias universales, encontrar explicaciones metafóricas para la escindida situación del hombre en la naturaleza. El hombre es, en la visión de Lévi-Strauss, un primate mitopoético (es una expresión difícil, pero no tenemos otra mejor), un primate capaz de elaborar y crear mitos, y a través de éstos soportar el contradictorio e insoluble curso de su destino. Sólo él puede construir, modular y dar adhesión emocional a lo mito-lógico (un guión necesario), lo mítico y lo lógico, lo lógico en el interior del mito.

Hay una parábola hasídica que nos cuenta que Dios creó al hombre para que éste pudiera contar historias. Esta narración de historias es, según Lévi-Strauss, la condición misma de nuestro ser. La alternativa sería la inercia total o el eclipse de la razón. La capacidad mediadora, ordenadora de los mitos, su habilidad para «codificar» -otro término de Lévi-Strauss-, para dar expresión coherente a la realidad, indica un profundo acuerdo armónico entre la lógica interna del cerebro y la estructura del mundo externo. «Cuando la mente procesa los datos empíricos que recibe previamente procesados por los órganos de los sentidos, continúa elaborando estructuralmente lo que al principio era ya estructural. Y sólo puede hacerlo en la medida en que la mente, el cuerpo al que la mente pertenece, y las cosas que cuerpo y mente perciben, son parte integrante de una única realidad.» Los códigos por los que estas percepciones son transmitidas y comprendidas son, propone Leví-Strauss, binarios. Ésta es también una palabra técnica, pero no nos resulta difícil de comprender. Da a entender que todo lo que importa viene en conjuntos de dos. De esta manera tenemos las relaciones e interacciones de lo que él llama «los grandes emparejamientos». Por ejemplo, afirmacion y negación, lo que realmente significa, en lenguaje llano, sí y no, orgánico e inorgánico, izquierda y derecha, antes y después. Lévi-Strauss propone que las simetrías del sistema nervioso y la arquitectura hemisférica de las dos mitades de nuestro cerebro parecen ser un reflejo activo de esta estructura binaria de la realidad.

De todas las polaridades fundamentales que estructuran el destino y la ciencia del hombre, la más importante, según Lévi-Strauss, es la de Naturaleza y Cultura (él escribe habitualmente estas dos palabras con mayúscula). En lo más profundo de su ser y de su historia, el hombre es un compuesto dividido de elementos biológica y socioculturalmente adquiridos. Es la interacción entre las constricciones biológicas, por una parte, y las variables socioculturales, por otra, lo que determina nuestra condición. Esta interacción es en todo punto dinámica porque el entorno, cuando choca con la biología humana, es modificado por las actividades sociales y culturales del hombre. Pero el conjunto binario, Naturaleza-Cultura, señala también una ambigüedad esencial, incluso una tragedia, en la génesis de la conciencia humana.

En las dos charlas anteriores hemos visto que tanto Marx como Freud hacen derivar de la religión y la teología sistemática la inferencia del pecado original, de una caída del hombre, aunque ninguna mitología es en realidad totalmente explícita en cuanto a la ocasión de este desastre. Lévi-Strauss es explícito. Necesaria como era, impresa como debía haber estado en el código genético y en el potencial evolutivo de la especie humana, nuestra transición de un estado natural a un estado cultural fue también un paso destructivo, y un paso que ha dejado cicatrices sobre la psique humana y sobre el mundo orgánico.

Lévi-Strauss clarifica su significado mediante la referencia a dos mitos, y sin duda es profundamente revelador o inquietante para nosotros que los dos mitos que Lévi-Strauss escoge sean precisamente los que Marx y Freud habían elegido como sus respectivos emblemas principales. Recuérdese que, para Marx, Prometeo fue el símbolo de la inteligencia revolucionaria, de la rebelión del intelecto contra la ignorancia y la tiranía arbitraria. Freud ilumina las connotaciones eróticas del tema. Habla del éxtasis del fuego en la caña fálica hueca, del simbolismo sexual del ave devoradora, y de la renovación diaria de la potencia de Prometeo. La lectura de Lévi-Strauss es totalmente diferente. La apropiación prometeica del fuego para las necesidades y deseos humanos codifica el paso catastrófico por el que el hombre adquirió control sobre los factores principales de su marco biológico. Habiendo robado el fuego, el hombre puede ahora tener luz durante las horas de oscuridad; habiendo cazado a su presa, puede ahora conservar la carne mediante el fuego, ya sea ahurnada o cocinada, y no necesita comérsela en el lugar en que la caza; con el fuego de Prometeo puede calentar su habitación y superar las constricciones del invierno. El control del fuego es la premisa del progreso sociocultural, sin duda. Pero éste se ha alcanzado, dice Lévi-Strauss, a un precio considerable. Al poseer un hogar y el arte de cocinar, el hombre rompió con el mundo animal, con las inmediatas relaciones compartidas entre consumidor y alimento. Al haber alterado las polaridades binarias de luz y oscuridad, calor y frío, noche y día, el hombre se encuentra en una relación no natural de poder con su entorno y con sus propios orígenes animales. Esta ambigüedad está simbolizada en la condición medio humana, medio divina, de Prometeo. El divorcio del orden natural ocasionado por el robo del fuego (y la idea de robo es fundamental en la leyenda) es castigado con el aislamiento de Prometeo y con los ataques del águila contra él.

Volvamos a los grandes mitos que han ocupado a la imaginación humana y cuyos elementos temáticos aparecen en todas las lenguas y grupos étnicos, dice Lévi-Strauss, y encontraremos en sus raíces algún rasgo de la ruptura cultural del hombre con el mundo natural y del profundo malestar que esta ruptura dejó en nuestras almas. Malestar: el término de Freud era Unbehagen, el de Marx alienación. También el mito de Edipo viene al caso, y la glosa de Lévi-Strauss sobre Edipo es una crítica y una corrección no disimulada de su gran rival, Freud. Lévi-Strauss se fija precisamente en aquellos motivos que el desciframiento de Freud desdeña. La respuesta de Edipo al enigma planteado por la Esfinge, recuérdese, era la palabra «hombre». Éste es un aspecto al que Freud no presta ninguna atención. El segundo aspecto que Freud ni siquiera menciona es el hecho de que Edipo cojee. Y son precisamente estas circunstancias las que más llaman la atención a Lévi-Strauss.

Según lo interpreta Lévi-Strauss, tenemos aquí otro mito, otro ordenamiento estructural del ser dividido del hombre. En un tiempo, todos anduvimos o corrimos a gatas. El hombre obligó entonces a su columna vertebral a permanecer erguida. Ahora nos movemos sólo sobre dos miembros, dominamos el paisaje, dominamos a las especies animales. Pero, no menos que el secuestro del fuego, esta singularidad soberana nos ha dejado literalmente desequilibrados. Los homínidos, por decirlo así, entraron cojeando en el estado de humanidad. Así, el tema del incesto en la historia de Edipo no es, como Freud sostendría, una dramatización de la sexualidad infantil reprimida, sino que marca la entrada decisiva en el ser de categorías definidas de parentesco. Edipo asume la carga de la transición de la especie humana desde los acoplamientos indiscriminados, como en tantas especies animales, a las continuidades económicas y generacionales de un código familiar.

La prohibición de ciertos grados de incesto determina, y en realidad define, la identidad del hombre como una conciencia sociohistórica. Es además totalmente inseparable de la evolución del habla humana. Y aquí Lévi-Strauss plantea una de sus inspiradas conjeturas. Afirma que sólo podemos prohibir aquello que nuestro vocabulario y nuestra gramática son lo bastante ricos y precisos para designar. En otras palabras, sólo cuando tenemos una estructura verbal suficientemente rica y palabras suficientes para definir al sobrino cuarto del tío de la madre podemos tener incesto y reglas de parentesco. De modo que la gramática es, en cierto modo, condición necesaria de la ley moral básica. Las reglas de parentesdco son, literalmente, la semántica de la existencia humana. Pero una vez más, la ruptura con la Naturaleza, el avance en la Cultura, ha implicado un extrañamiento respecto del entorno y del animal en nosotros mismos. El lenguaje es la condición necesaria de la excelencia humana, pero el hombre no se puede comunicar con sus parientes animales ni gritar para pedirles ayuda.

Estos ejemplos abreviados, simplificados, deberían al menos indicar algo de la amplitud de la «antropo-logía» -siempre el guión- de Lévi-Strauss y de sus instintos mitopoéticos. Formalmente, su obra clarifica las estructuras de sentido, las reglas de transformación, las relaciones con el ritual y el desarrollo de la narrativa escrita, de unos 800 mitos de los indios americanos. Por medio de esta clarificación Lévi-Strauss trata de establecer los principios de correspondencia que conectan la evolución psicosomática del hombre, la estructura de nuestro cerebro, la naturaleza del lenguaje y el entorno físico. Pero aunque a él le guste definirse simplemente como un estudioso de los mitos, Lévi-Strauss es, en realidad, un creador de mitología, y la comparación con el papel de Frazer en La rama dorada es inevitable y al mismo tiempo, desde el punto de vista del estatus técnico de Lévi-Strauss en este campo, un tanto perturbadora. Si no confundo su significado, Lévi-Strauss se ha estado haciendo eco de una visión profética de carácter apocalíptico tan vengativa, tan persuasiva, como ninguna otra concebida desde el Apocalipsis y el pánico milenarista del siglo X.

Al decir esto, toco superficialmente lo que, desde luego, es un problema muy preocupante. De nuevo surge la pregunta: ¿Nos enfrentamos a un cuerpo de pensamiento sistemático, científico? Al ser un profano, sería totalmente impropio por mi parte hacer algo más que referirme a las diferencias que ahora separan la concepción que tiene Lévi-Strauss de lo que hace un antropólogo, de lo que es su vida y actividad profesional, de la que tienen sus académicos colegas. Para éstos, Lévi-Strauss es una máquina de hilar fantasías efectistas. Él, por el contrario, los ve a ellos como personas tan lamentablemente carentes de imaginación que tienen que ir a sentarse en tiendas de campaña a sabanas o desiertos, y dedicarse a mirar a nativos agonizantes, para enterarse de lo que ya sabían que había allí. Creo que no deberíamos juzgarlo.

Desde nuestro punto de vista, lo que resulta fascinante es seguir en Lévi-Strauss la evolución de una gran explicación posreligiosa, pseudoteológica, del hombre. La cosa es más o menos así. La caída del hombre no erradicó, de un golpe, todos los vestigios del jardín de Edén. Persistieron grandes espacios de naturaleza original y de vida animal. Los viajeros del siglo XVIII sucumbieron a una especie de ilusión premeditada cuando creyeron haber encontrado razas inocentes de hombres en el paraíso de los Mares del Sur o en las grandes selvas del Nuevo Mundo. Pero sus idealizaciones tenían una cierta validez. Al haber existido, como si dijéramos, fuera de la historia, al haberse guiado por usos sociales y mentales de carácter primordial, al estar en íntima relación con plantas y animales, los hombres primitivos encarnaban realmente una condición más natural. Su divorcio cultural de la naturaleza había ocurrido, por supuesto, hacía cientos o miles de años, pero había sido menos drástico que el del hombre blanco: para ser preciso, sus modos culturales, sus rituales, mitos, tabúes, técnicas para conseguir alimentos, estaban calculados para apaciguar a la naturaleza, consolarla, vivir con ella, para hacer menos salvaje y menos dominante la ruptura entre Naturaleza y Cultura.

Al descubrir estas sombras de los restos de Edén, el hombre occidental se propuso destruirlas. Mató a innumerables inocentes, destrozó las selvas, carbonizó la sabana. Luego, su furia devastadora se volvió hacia las especies animales. Una tras otra, fueron acosadas hasta la extinción o la supervivencia ficticia del zoológico. Esta devastación fue con frecuencia deliberada: un resultado directo de la conquista militar, de la explotación económica y de la imposición de tecnologías uniformes sobre las formas indígenas de vida. Millones de seres perecieron o perdieron su herencia y su identidad étnicas. Algunos observadores cifran en veinte millones el número de víctimas sólo en el Congo desde el principio del dominio belga. Numerosas lenguas, cada una de las cuales había codificado una visión única del mundo, fueron aplastadas por el olvido. La garceta y la ballena fueron cazadas hasta llegar casi a la extinción. A menudo también. la destrucción llegó accidentalmente o incluso por benevolencia. Los regalos que el hombre blanco había llevado -regalos médicos, materiales, institucionales- se revelaron fatales para sus receptores. Llegara para conquistar o para convertir, para explotar o para medicar, el hombre occidental llevó consigo la devastación. Poseídos, como si dijéramos, por alguna furia arquetípica a raíz de la expulsión del jardín del Paraíso, por algún torturador recuerdo de aquella desgracia, hemos recorrido la tierra en busca de vestigios de Edén y los hemos asolado dondequiera que los hayamos encontrado.

El análisis de Lévi-Strauss de esta desolación refleja un especial e irónico patetismo. Pues el propio antropólogo ha desempeñado un papel ambiguo en esa labor de destrucción. La idea de viajar a lugares lejanos para estudiar pueblos y culturas extranjeras sólo se da en el hombre occidental; surge del genio predador de los griegos; ningún pueblo primitivo vino nunca a estudiarnos a nosotros. Éste es, por una parte, un impulso desinteresado, intelectualmente inspirado. Es una de nuestras glorias. Pero es, por otra, un aspecto esencial de la explotación. Ninguna comunidad nativa sobrevive intacta después de la visita del antropólogo, por hábil, por modesto, por discreto que pueda ser. La obsesión occidental por la investigación, por el análisis, por la clasificación de todas las formas vivas, es en sí misma un modo de sojuzgamiento, de dominio técnico y psicológico. El pensamiento analítico adulterará o destruirá fatalmente la vitalidad de su objeto. Tristes trópicos de Lévi-Strauss expresa esta melancólica paradoja.

Con los años, la ira visionaria de Lévi-Strauss se ha intensificado. El destrozo de los órdenes vegetal y animal en nombre del progreso tecnológico, la explotación de la mayor parte de la humanidad en beneficio de unos pocos, el escasamente revisado supuesto de la superioridad occidental sobre las comunidades llamadas primitivas, subdesarrolladas, todo esto llena a Lévi-Strauss de una repugnancia despectiva. La barbarie política del siglo XX, fenómenos como el holocausto y la carrera de armamento nuclear, le parecen a Lévi-Strauss, algo más que un mero accidente. Son los correlativos directos del trato asesino hacia la ecología por parte del hombre blanco. Habiendo asolado lo poco que quedaba de Edén (y ésta es la lógica de la metáfora o mito punitivo de Lévi-Strauss), el depredador occidental debe ahora volverse sobre sí mismo.

Sin duda podemos decir "sí", pero ahora somos conscientes de la ruina que hemos ocasionado. Podemos decir que los occidentales más conscientes, y los jóvenes en particular, están tratando de salvar el entorno natural, de rescatar las especies animales, de proteger las islas de naturaleza virgen que toda vía puedan encontrarse. Demasiado tarde, dice Lévi-Strauss, demasiado tarde. Nuestros propios experimentos de salvamento -testimonio de ello son las reservas indias de la Amazonia- llevan consigo nuevos trastornos, nuevas erosiones. Donde los intereses político-económicos están en juego -sea en la industria de la pesca de la ballena, en los oleoductos de Alaska, o en la emancipación de Nueva Guinea-, el cinismo y la destrucción prevalecerán. En consecuencia, dice Lévi-Strauss, estamos condenados. La antropología, la ciencia del hombre, culminará, nos dice, en «entropología». En francés, el juego de palabras es perfecto; las dos palabras se pronuncian del mismo modo: anthropologíe, entropologie. La antropología culminará en la ciencia de la entropía, la ciencia de la extinción. Este rasgo de humor negro lleva a la imagen culminante de la Tierra, sin la humanidad, purificada de la basura de la codicia y la autodestrucción humanas, girando fría y ausente en un espacio vacío, Me gustaría citar todo el pasaje. Está al final del volumen 4 de Mythologiques [Mitológicas] de Lévi-Strauss,

La oposición fundamental, generadora de todas las demás oposiciones que pueblan los mitos y cuyo inventario se ha esquematizado en estos cuatro volúmenes, es la misma que enuncia Hamlet en la forma de una alternativa todavía demasiado crédula. Pues no corresponde al hombre elegir entre el ser y el no ser. Una fuerza mental consubstancial a su historia, y que no acabará más que con su desaparición de la escena del universo, le impone asumir las dos evidencias contradictorias, cuyo choque pone su pensamiento en movimiento y engendra, para neutralizar su oposición, toda una serie ilimitada de distinciones binarias que, sin resolver jamás esa antinomia primera, no hacen, a escalas más reducidas, sino reproducirla y perpetuarla: realidad del ser que el hombre experimenta en lo más profundo de sí como la única capaz de dar razón y sentido a sus gestos cotidianos, a su vida moral y sentimental, a sus opciones políticas, a su compromiso en el mundo social y natural, a sus empresas prácticas y a sus conquistas científicas; pero al mismo tiempo, realidad del no ser cuya intuición acompaña indisolublemente a la otra puesto que corresponde al hombre vivir y luchar, pensar y creer, mantener sobre todo el valor, sin que jamás le abandone la certeza adversa de que él no estuvo presente en la tierra en tiempos pasados y no lo estará siempre, y que con su desaparición ineluctable de la superficie de un planeta también abocado a la muerte, será como si sus trabajos, sus penas, sus alegrías, sus esperanzas y sus obras nunca hubieran existido, al no haber ya ahí ninguna conciencia para preservar ni siquiera el recuerdo de esos movimientos efímeros salvo, por algunos rasgos rápidamente borrados de un mundo de rostro en adelante impasible, la constatación abrogada de que tuvieron lugar, es decir, nada.]

Quienes hayan seguido estas tres primeras conferencias habrán observado que, entre las tres mitologías que hemos visto hasta ahora, existe lo que podría ser llamado un «lazo genético». Sería necesaria una gran fineza discriminatoria y una competencia mayor que la mía para evaluar de manera contrastada y en profundidad el judaísmo de Marx, de Freud y de Lévi-Strauss. De manera notoria, Marx se volvió en contra de su propio pasado étnico-espiritual. Llegó a elaborar un texto virulento sobre la cuestión judía, identificando el judaísmo con los vicios del capitalismo y pidiendo, bastante literalmente, una solución final en términos de una asimilación completa. Lo extremado de este pronóstico sugiere, con seguridad, el profundo malestar personal de Marx respecto de su propia condición. Las actitudes de Freud fueron, como hemos visto con referencia a su tratamiento del tema de Moisés, complejas y, muy probablemente, estuvieron subconscientemente motivadas. Profundamente judío en su temperamento, judío en su forma de sentir y en su vida privada, se esforzó en dar al movimiento psicoanalítico una amplia base étnica, una respetabilidad en el mundo gentil. En el Prólogo a la edición hebrea de Tótem y tabú, en 1930, Freud se describe a sí mismo «como completamente alejado de la religión de mis padres». Pero continuaba: «Si me preguntaran: "¿Qué te queda de judío?", tendría que responder: "Mucho, y probablemente lo esencial". Palabras con las que parece referirse al ideal del trabajo intelectual y de seriedad moral. Que yo sepa, Lévi-Strauss no se pronunció sobre la cuestión; efectivamente, parece evitarla conscientemente. Su misma insistencia en el hecho de que el holocausto no es una situación especial, ni histórica ni metafísicamente, sino solamente una parte de la estructura -general de masacre y extinción, muestra un deseo de distanciarse de cualquier particularidad judía. Le he escuchado hablar con desprecio sobre aquellos que tratan de separar el holocausto de la Segunda Guerra Mundial del de la masacre continuada de otros pueblos, de las especies animales y las formas naturales, que en su gran mito de venganza es la culpa principal del hombre moderno. Amargamente dirá que, de entre todos los hombres, los judíos deberían ser los más conscientes y los que estuvieran más profundamente alerta de la universalidad del crimen que los rodea.

No obstante, hay aspectos judaicos específicos, efectivamente marcados, en cada uno de los tres casos. El mesianismo utópico marxista, su furia en pro de la justicia, su concepción del drama y la lógica de la historia, tienen fuertes raíces en las tradiciones proféticas y talmúdicas. La visión promisoria de Marx, que comparábamos con Isaías, del intercambio de amor por amor, de confianza por confianza, su promesa de que la historia es finalmente racional, de que tiene un propósito que no es otro que la liberación humana, tienen un precedente y un paralelo de profunda riqueza en cada aspecto del pensamiento judío. La intelectualidad implacable de Freud, el pesimismo y la severidad de su ética, su inquebrantable confianza en el poder de la palabra, también todo esto tiene que ver con aspectos claves de la sensibilidad judía. Sólo un hombre tan particular como él habría creído tan profundamente como creyó, incluso frente a la barbarie creciente, en la supremacía de la palabra humana sobre la ignorancia, la muerte y la destrucción. Era eminentemente, en el sentido rabínico, un intérprete de textos, un creador de parábolas. En Lévi-Strauss está el sentimiento obsesivo de la retribución, del fracaso del hombre a la hora de observar sus responsabilidades contractuales con la creación. Nunca tuvimos en los tiempos modernos una lectura más poderosa, más explícita, de la ruptura de la alianza del hombre con el misterio de la creación, y de su propio ser provisionalmente asumido en un mundo que debía guardar y conservar, en un jardín que debía cultivar y no destruir.

Pero pienso en un rasgo más general, más estructural. Tenemos aquí tres grandes mitologías concebidas para explicar la historia del hombre, la naturaleza del hombre, y nuestro futuro. La de Marx termina en una promesa de redención; la de Freud en una visión de regreso a casa con la muerte; la de Lévi-Strauss en un apocalipsis originado por el mal humano y la devastación provocada por los hombres. Las tres son mitologías racionales que pretenden tener un carácter científico, normativo. Las tres arrancan de la metáfora compartida del pecado original. ¿Puede ser completamente accidental que estas tres construcciones visionarias -dos de las cuales, el marxismo y las tesis de Freud, han hecho ya tanto para cambiar Occidente y, en realidad, la historia del mundo- deriven de un trasfondo judío? ¿No hay una lógica real en el hecho de que estos sustitutos de la moribunda teología y la explicación de la historia propias del cristianismo, estos intentos de reemplazar al cristianismo agonizante, hayan venido de aquéllos cuyo legado tanto había hecho el cristianismo por suplantar?

sábado, 6 de abril de 2013

¿Qué es el mito?


El mito es la forma que adquieren las primeras experiencias del ser humano.

El hombre se va formando a sí mismo en relación a lo otro distinto de sí. Es mediante la experiencia que el hombre hace de las cosas, de los fenómenos, de los otros y de sí mismo, como se da una forma a sí mismo.
El mito es un relato mediante el cual el hombre da forma a sus primeras experiencias.
El hombre siempre ha estado contándose, ha necesitado contarse para distanciarse de sí mismo e intentar elaborar su experiencia “desde fuera”, observándose críticamente.

El ser humano nace a sí mismo, para sí mismo, cuando toma distancia de todo aquello de lo que se distingue.
El mito ha sido la primera forma que ha adoptado la distancia del hombre ante las cosas y los fenómenos de la naturaleza, ante el otro y ante sí mismo.
Es su ex-centricidad (su capacidad para tomar distancia de sí mismo) lo que le ha permitido alterar su forma de ser y de estar en el mundo. Los animales no pueden ajustar su forma de estar en el mundo a un modelo anteriormente representado en alguna superficie o en su imaginación. El hombre debe producir de qué forma se ha de situar ante el mundo de las cosas y de los fenómenos y ante sí mismo.
El mito, en cuanto relato, ha sido siempre y en todo lugar una forma de “empalabramiento” de la realidad.
Ahora bien, en cuanto palabra que dice lo que hay y lo que sucede el mito dice la verdad del mundo y del hombre mientras no se lo reconoce como tal. Para el hombre que piensa con conciencia mítica, el mito no es un mito sino la verdad misma, aquello sobre lo cual puede construir su vida.
Mediante el mito, la conciencia del hombre se declara como estructura del universo desde los orígenes. El mito está ligado al primer conocimiento que el hombre adquiere de sí mismo y de su entorno. Más aún, es la estructura de este conocimiento.
Cuando emerge la conciencia del hombre se afirma afirmando una dimensión nueva de lo real: la dimensión de lo posible. La planta y el animal adhieren al mundo más o menos estrechamente. Por el contrario, para el hombre, el vínculo de adherencia se distiende por la elasticidad de posibilidades indefinidas. La apertura, por la conciencia humana, a posibilidades indefinidas entraña la disociación de lo posible y lo real, que coincidían con escasa diferencia en el animal. En el hombre lo posible se impone sobre lo real.
Más todavía se amplía esta distensión de lo real por la posibilidad de abarcarlo en su totalidad y la memoria.
La conciencia mítica es la estructura de la distancia adquirida, de este juego entre el hombre y el mundo.
El mito intenta arraigar al hombre en la naturaleza de la que, por la conciencia, se ha separado.
El mito siempre es el intento de recuperar la integridad perdida.
La etimología de mito, del griego mythos, nos dice que esta palabra significa relato, narración. En su sentido originario, se trata de un relato, o narración de los orígenes de una cultura, de un pueblo. Es un relato fundante que narra el surgimiento de acontecimientos sucedidos en un origen sin tiempo, del cual nacen los acontecimientos cósmicos en los que se inscribe esa cultura.
Es el relato que narra los sucesos del parto de una cultura en otro tiempo. Señalan la entrada a la historia, el origen intemporal del tiempo. El origen es revelado. Los seres elegidos, mediadores o encarnaciones de un orden supranatural, reciben estos conocimientos por alguna forma de revelación. No se aprenden, se indagan o se escudriñan, sino que los seres indicados son los depositarios de esta verdad fundante.
En sus orígenes es un relato oral, una recitación. Es una verdadera puesta en escena teatral de los orígenes, en las que el auditorio, el pueblo en cuestión se conmociona, es sacudido por la narración. En determinados tiempos (fechas especiales) se reconstruye la obra original, se reproduce aquella narración en gestos y acciones que constituyen el ritual.
En cuanto a las fechas, se trata de un paréntesis en el tiempo vital de esa cultura, de un lapso fuera del tiempo cotidiano, es un tiempo sagrado, es decir, un salir del tiempo en cuanto historia, para asomarse a la supratemporalidad sagrada de lo eterno.
Es la repetición actuada del relato fundante, es decir, se reproduce en un ritual. Con esta acción que evoca en espejo, en eco el nacimiento, con ello se regenera el origen, periódica y cíclicamente, es el inicio de otro ciclo, un renacimiento cultural.
Finalmente, el relato fundante se plasma en escritura, se deja testimonio escrito de este origen. Esa escritura narrativa del relato originario, relato del relato, presenta una metateoría, un metalenguaje, que puede encontrarse en pueblos actuales, que viven y ritualizan sus mitos, o pueden ser mitos literarios, de pueblos que ya no viven esos mitos en su presente.
A nivel individual tiene su doble en el festejo de cada aniversario, cada nacimiento.
Esta puesta en escena de los orígenes, en aquel tiempo, construye un metalenguaje en imágenes, ordenado, estructurado, con su peculiar lógica interna, es un metalenguaje hilado como un tejido orgánico. Su estructura lógica se plasma en una sintaxis de imágenes, producto de la actividad de la imaginación. Pero, ¿qué es la imaginación?
Imaginación
Veamos la siguiente noción de imaginación: “La imaginación es una función psíquica compleja, dinámica, estructural; cuyo trabajo consistente en producir -en sentido amplio- imágenes, puede realizarse provocado por motivaciones de diverso orden: perceptual, mnémico, racional, instintivo, pulsional, afectivo, etc.: consciente o inconsciente: objetivo (entendido aquí como motivaciones de orden externo al sujeto, sean naturales o sociales). La actividad imaginaria puede ser voluntaria o involuntaria, casual o metódica, normal o patológica, individual o social. La historicidad es inherente, en cuanto es una estructura procesal perteneciente a un individuo. La imaginación puede operar volcada hacia o subordinada a procesos eminentemente creativos, pulsionales, intelectuales, etc., o en ocasiones es ella la dominante, y por ende, guía los otros procesos psíquicos que en estos momentos se convierten en sus subalternos.
En general, se considera que es posible describir los complejos movimientos de la imaginación agrupándolos en dos modalidades: la imaginación vivida y la imaginación en el “como si”.
La que llamamos la imaginación en el “como si implica la actitud del hombre ante el mundo. Imaginar en este sentido, es proponer imágenes en lugar de, como si fueran el objeto. Implica la duplicidad en cuanto desdoblamiento, inherente a lo humano; se trata de la simulación no en el sentido del disimular sino de simular. Pongamos solamente dos ejemplos: por ejemplo el juego del niño que hace como si una cajita fuera un tren, el pintor hace como si los zuecos fueran unos zuecos. De ahí hasta la duplicidad irónica, humorística del desdoblamiento en Magritte del cuadro cuya imagen es una pipa, y cuya leyenda dice: “esto no es una pipa”.
En general, la imaginación procede por operaciones de sustitución, desde las más aparentemente elementales, como la sustitución ejemplificada en ciertos juegos de los niños, a las más complejas y abstrusas operaciones de simbolización.
La acción de sustituir se desdobla en dos momentos constituyentes. Primero. De manera explícita o no, voluntaria o involuntaria, consciente o inconsciente, ante un elemento A, sustituir implica negar, rechazar, abandonar, rodear, prescindir de A. Segundo, sustituir implica la acción de afirmar, el proponer B, construir, erigir, configurar, crear un elemento diferente, otro. Estas acciones de sístole y diástole de la imaginación se realizan con los más diversos materiales o asuntos. Constituyen el eje de la imaginación cuando trabaja en el registro del “como si”. Obviamente no trataremos aquí este ámbito de la imaginación.
La que llamamos imaginación vivida, avizora una trama compleja y directa de posibles relaciones con en lo real, porque se regocija en la intimidad de una relación poética con lo que aparece. El ámbito de la relación poética alcanza más hondamente lo real, porque la conmoción de una relación vivida toca registros imperceptibles al rigor de la razón pura. Así, desde la intimidad vivida el hombre es capaz de envolver en sus redes, tejidas con los hilos de la imaginación todo lo que aparece y se le da: exterioridad e interioridad; universalidad, particularidad y singularidad única.
En este caso, si puede hablarse de sustitución, lo es en un sentido sutil. Se trata aquí de la anteposición de lo imaginado, lo soñado, al dato. El mundo imaginado es anterior al mundo real, que primero es vivido imaginariamente, en y como imágenes. Esta acción imaginante corresponde al hombre en el mundo, el hombre poblando el mundo, en la inmediatez, como la piedra, la flor, el pájaro. Es una forma muy delicada de sustitución como inversión, primero la imagen, luego el percepto. 
El hombre en el cosmos
Imaginémonos en los orígenes, en la irrupción de nuestra especie biológica, irguiéndonos en nuestro universo circunscrito a la tierra delante de los ojos, transitando el mundo en cuatro patas.
Esta especie sin más instrumento que sus manos recientemente liberadas y su mirada al horizonte, levanta la cabeza al cielo, y algunos elegidos de allí reciben la ley, se le revelan el sentido y los indicios de comprensión de su habitat ahora abierto a la inmensidad.
Esa especie, pedazo de naturaleza, sobrevive gracias a los lazos muy fuertes con el cosmos en que se halla inmersa; constituye un elemento más del paisaje en el cual se integra, ligada a la tierra, el humus, al agua, al aire y al sol. El sol, ofrece un don originario, una acción bondadosa por la que incendia algún madero con lo cual le revela a esa especie humana naciente su naturaleza ígnea y con ella le revela el señorío del fuego creado o robado (Prometeo).
Ese hombre naciente cuenta con su cuerpo nuevo y con una poderosa imaginación vivida para aprender a desplazarse y sobrevivir. Los elementos de la naturaleza, tierra, agua, aire y fuego lo determinan. Esos elementos son verdaderas “hormonas” de la imaginación. Ellos despiertan las acciones originarias de imaginar, de soñar lo circundante.
Este mundo que impacta y sorprende por su fuerza, su regularidad, su esplendor. Así esta especie vive el thauma (asombro) estético, que es el thauma (asombro) originario, primordial. Sólo después despertará al thauma (asombro) filosófico, a la interrogación inquisidora, a la mirada escrutante, ávida de comprensión racional.
Nos referimos a thauma (asombro) estético en el sentido más crudo y literal posible, asombro, maravilla ante las imágenes sensibles del mundo, y con referencia al cual se dice:

“El mundo es bello antes de ser verdadero. El mundo es admirado antes de ser verificado”.

Toda primitividad es onirismo puro.

lunes, 21 de mayo de 2012

Mito y Filosofía


David Cifuentes. Mito y Filosofía
Mucho se ha hablado -y se hablará- de la tragedia griega clásica. Seguramente una de las obras de creación artística que más literatura secundaria ha provocado a lo largo de los siglos. Aunque, a primera vista, pudiera sorprender que -tratándose de un género con apenas cincuenta años de esplendor, tan sólo tres autores de reconocida importancia y poco más de treinta obras conservadas- haya ocupado un lugar tan preeminente en la historia del pensamiento occidental.
Por supuesto, la tragedia griega cuenta con numerosos argumentos a su favor para ocupar ese lugar de excepción en nuestra historia cultural. Su lugar y su fecha de nacimiento son dos de ellos: la Grecia clásica -cuna de nuestra civilización; fuente de nuestro contemporáneo modelo de pensamiento- y el siglo de máximo apogeo de una cultura artística que dejaría resonar sus ecos hasta nuestros días, y, traspasando sus fronteras -aun mucho después de desaparecidos sus artífices-, daría origen a la cultura dominante en nuestras sociedades actuales.
Si bien estos dos datos pueden parecer suficientes para otorgar a la tragedia el merecido lugar que ocupa en nuestra cultura occidental, existe un tercer dato que me parece aún más significativo.
Opino que la tragedia apareció en un momento histórico de paso entre dos modelos de pensamiento. La Grecia de antes de la tragedia es una sociedad agraria, cuyo modelo de pensamiento hunde sus raíces en lo mítico. La de después de la tragedia será la Grecia de la polis y el pensamiento filosófico. Pero sobre todo, y de manera mucho más significativa, la tragedia fue testigo de excepción del momento en que un modelo de pensamiento “racional” usurpaba el lugar que, hasta entonces, había ocupado otro modelo de pensamiento -llamémosle “irracional”, si se quiere- en el inconsciente colectivo de una sociedad.
Desde esta perspectiva, trataré de plantear aquí un acercamiento a la tragedia griega como lugar desde el que intentar entender -a otra luz, espero- lo que escolarmente conocemos como “paso del mythos al logos”. En este sentido, la tragedia podría servirnos como paradigma de un momento en la historia que es a la vez eslabón y lugar de cisura entre dos modelos de pensamiento, entre dos formas de vida que hoy entendemos como antagónicas.
Pero antes quisiera advertir que, en mi opinión, la Grecia de la racionalidad y el pensamiento científico y filosófico -de la cual somos herederos culturales- bebió en las fuentes de una civilización y un modelo de pensamiento del cual hoy -huelga decirlo- ya no podemos sentirnos herederos: me refiero a esa irracionalidad que todavía demasiados pensadores le suponen a la civilización y al pensamiento míticos.
Utilizaré como herramienta de referencia para esta reinterpretación uno de los textos clásicos en los que la filosofía reflexiona acerca de la tragedia: la Poética de Aristóteles. Sin detenerme en la más famosa definición de “tragedia” propuesta por Aristóteles [1] -que, por otra parte, ya ha hecho correr suficientes ríos de tinta-, me interesa tratar aquí la manera como divide los elementos que componen la tragedia, la definición que da de cada uno de ellos y el lugar -en orden de importancia- en que los coloca, en este tipo de arte poética.
Los elementos de la tragedia según Aristóteles
En el mencionado texto, y tras definir qué es la tragedia, Aristóteles pasa a examinar cada uno de los elementos que la componen [2]. Estos elementos son seis: el espectáculo (ópsis), la música (melopiía), la palabra (léxis) el carácter (éthos), el pensamiento (diánoia) y el relato (mythos).
De estos seis elementos sólo trataré aquí los cuatro últimos, puesto que el propio Aristóteles, cuando valora la importancia de cada uno de ellos en la representación trágica, coloca a los dos primeros en último lugar: de la melodía dice que no es más que un adorno [3] y del espectáculo llega a afirmar que es completamente ajeno al arte poética [4]. Quedan así cuatro elementos, todos ellos imprescindibles para la composición de la tragedia. Veamos ahora cómo define cada uno de ellos.
En primer lugar separa los elementos en dos categorías:
· acciones; entre las que están el mythos (relato) el éthos (carácter) y la diánoia (pensamiento), y
· medios; en este caso la léxis (palabra).
A continuación define cada uno de los elementos de la siguiente manera:
· relato: de él dice que constituye por sí mismo la imitación y que es el alma de la tragedia [5] (ya  que según su propia definición la tragedia es “imitación de acciones” [6] y, precisamente por eso, a la composición de acontecimientos se la llama mythos) [7].
· carácter: lo define como la cualidad que determina la manera de actuar de los personajes [8].
· pensamiento: es la acción que consiste en “saber expresar los argumentos pertinentes, las causas que mueven las acciones” y, también, “lo que es o no es una cosa” [9].
· palabra (o, si se prefiere, lenguaje): de ella afirma Aristóteles que se trata de una forma de comunicar por medio     de vocablos; éste es el medio en que se expresa la tragedia [10] -y en seguida nos advertirá que este medio esta supeditado a la acción del pensamiento.
Propone luego la siguiente gradación en cuanto a la importancia de estos elementos en la representación trágica:
· primero, el  relato: “el alma de la tragedia”.
· segundo, el carácter: matizando que, junto al relato, ambos conforman la imagen de la imitación de acciones que es la tragedia; pues  es  a  través  de  las  acciones de unos personajes -que obran movidos por su éthos- como se produce la composición de acontecimientos que es el mythos.
· tercero, el pensamiento: que es a la vez causa y explicación de las acciones, y que podría definirse también como la “potencia” (dínamis) del “intelecto” (nous).
· cuarto, la palabra: el medio de expresión del pensamiento.
Podríamos ordenar ahora estos cuatro elementos que componen la tragedia en dos binomios:
· relato y carácter -las acciones de personajes y acontecimientos- y
· pensamiento y palabra -la acción y el medio de expresión del intelecto.
O, visto de otra manera:
· mythos y éthos: dos elementos que apuntan a lo que sucede -al acontecer y a la praxis de lo “real”- y
· diánia y léxis: dos elementos que apuntan a la explicación -a la “inactividad” teórica.
Dinámica de los elementos en la composición trágica
Observemos cómo pudieron conjugarse estos cuatro elementos en la composición trágica. En principio, se debe denotar que en tanto “imitación de acciones” la representación trágica haría suponer un acontecer anterior -un “lo que hay”- al que ésta se remitiría escenificándolo. Se trata en este caso del mismo “acontecer” que ya había relatado el pensamiento mítico con su peculiar género narrativo, pues no es un secreto para nadie que la tragedia griega encuentra sus materiales en los mitos.
Este acontecer se imitará mediante el relato de las acciones de unos personajes a los que mueve, y define, su carácter. A continuación, la acción del intelecto (dínami tu nu) tratará de explicar las razones de aquello que mueve el acontecer del relato: es decir, del carácter de los personajes. El medio para conseguirlo será el lenguaje, a través de la palabra que deberá dilucidar “qué es y no es cada cosa”. Es decir, la teoría tratará de dar cuenta de la praxis (práctica, conducta), pero quedará subyugada a ésta por una relación temporal de anterioridad-posterioridad que se diría ineludible.
Veamos un caso práctico, ejemplo de este mecanismo de combinación de acciones práctico-teóricas y medios. Para lo que aquí pretendo mostrar serán suficientes los pocos fragmentos que conservamos de la tragedia Los cretenses, de Eurípides [11].
Esta tragedia es una “recreación” del mito del Minotauro [12]. Cuenta el mito que Minos ofendió a Poseidón al no sacrificar un toro que el dios había enviado a Creta -a petición de Minos- para demostrar que aquél era el elegido por el dios para reinar en la isla. A causa de esta ofensa, Poseidón se vengó de Minos en la persona de su mujer, Pasifae. Provocó en ella un tipo de enajenación (hybris venérea) que la llevaría a yacer con aquel animal, engendrando de él un hijo. De esta relación carnal nacería el Minotauro, mitad hombre, mitad toro, que sería encerrado en el Laberinto construido en Creta por Dédalo. Creo que el mito es sobradamente conocido como para no tener que extenderse aquí más en su relato y posible interpretación.
Me interesa de esta tragedia un fragmento en el que Pasifae se presenta ante Minos, para explicar los motivos que la llevaron a actuar de aquel modo. En ese momento podemos decir que la tragedia, tras habernos relatado los acontecimientos y mostrado la actuación de los personajes, trata de reflexionar acerca de las causas que han provocado dichas acciones. Es decir, tras poner en juego los elementos relato y carácter, ahora les toca el turno a los otros dos elementos: pensamiento y palabra.
Cuando Minos exige a Pasifae que explique qué la llevó a actuar de aquel modo, a cometer una acción que iba a acarrear fatales consecuencias [13], ésta responde que la movió a ello “una locura inducida por Poseidón” [14]. Acto seguido, Pasifae se declarará inocente, ya que no había actuado movida por su propia voluntad. O, dicho de otra forma, su carácter no había actuado inducido por la acción de su intelecto, sino movido por una fuerza externa mucho más poderosa que ella -un dios, en este caso-, a la que no podía sustraerse. Además, acusa a Minos de ser el culpable de aquella desgracia, afirmando que “el daimon de este hombre (Minos)” [15] fue el que la colmó de desgracias, al ofender al dios no sacrificando el toro como había prometido.
Parece que aquí la acción del intelecto ha encontrado una palabra para explicar la acción del personaje (la fuerza que mueve su carácter). Pero ¿hacia dónde podría apuntar esta explicación de que es el daimon lo que mueve el ethos? Lo primero que resuena aquí es la máxima heraclítea según la cual “el carácter del hombre es su daimon[16]. Tratemos de definir un poco más este daimon, causa de la acción de Minos.
Hacia una deficición del éthos trágico
Me parece significativo que el término daimon aparezca también en Platón, cuando éste trata de explicar de dónde procede la “sabiduría” de su maestro Sócrates. La “sabiduría” de Sócrates parecía ser algo inducido por su daimon [17], una fuerza que se le imponía, sin que su intelecto o su voluntad pudieran hacer nada por provocarlo o evitarlo; tan sólo podía aceptarlo y dejarse guiar por él. Se trataba, en este caso, de un daimon que inducía a realizar “acciones elevadas” -parafraseando la definición aristotélica de tragedia. Pero ¿qué decir del daimon que induce a actuar contraviniendo el orden establecido -como en el caso de Minos-, ofendiendo a los dioses?
En otros textos Platón habla del “carácter humano” y de cómo empezó a dominar entre los habitantes de la mítica Atlántida [18], quienes hasta entonces habían vivido según los designios divinos en una especie de edad áurea. Cuando trata de explicar las causas que llevaron a los dioses a destruir la Atlántida, como castigo a las ofensas de los atlantes -quienes habían actuado dejándose llevar por su carácter humano [19]-, apunta a uno de los conceptos clave de la tragedia: la hybris. Afirma que, cuando el principio divino que regía en los atlantes empezó a disminuir, y dominó en ellos el carácter humano, éstos cayeron en la hybris -ese “primer mal que la divinidad envía a los hombres, cuando quiere destruirlos” [20]-. Esta hybris les hizo tratar de acometer una acción del todo injusta y desmedida: destruir en un único ataque Grecia y Egipto. Este acto atrajo sobre ellos el castigo divino y su consiguiente destrucción.
Sin detenerme a ofrecer un desarrollo argumental que ya he planteado en otro lugar -donde investigué la evolución del concepto hybris y sus posibles orígenes míticos [21]-, y habida cuenta que el término hybris está casi siempre presente al definir las acciones de los héroes trágicos, ¿podría concluirse que fue precisamente la hybris la causa de la acción de Minos?
De hybris califica la tragedia la acción desmedida de casi todos sus héroes. Ese actuar movido por un impulso irrefrenable que no pueden controlar, ese querer ir más allá de sus límites, esa forma de acometer hazañas que el común de los mortales ni siquiera podría imaginar, es un acto de hybris. La hybris parece ser el motor de la acción trágica, y en ello parece consistir, precisamente, el éthos heroico.
Si cerramos aquí el círculo de este engranaje, en el que se combinan los cuatro elementos que componen la tragedia, observaremos cómo el pensamiento se ha puesto en acción acuñando un concepto (una palabra) -por medio del lenguaje-, tratando de dar explicación a la acción de los personajes (es decir, definiendo aquello que mueve su carácter) para sacar a la luz las causas del acontecer del relato.
En este caso se acuña el término hybris. Un concepto que definiría también el carácter de Prometeo, de Jerjes, de los pretendientes de Penélope, y de casi todos los héroes trágicos, así como de buena parte de los personajes de la mitología griega. Una palabra con la que definir las causas de esas acciones desmesuradas que jalonan la mayoría de los relatos míticos. Un concepto que -si bien se podría afirmar fue acuñado por la tragedia o por el modelo de pensamiento que en aquel momento empezaba a nacer- podía estar presente ya, como idea, en los relatos míticos.
No parece que se haya llegado mucho más lejos -en la “explicación” que la tragedia podía ofrecer de los mitos- de donde se estaba ya en el propio mito. También en el relato mítico se podría afirmar que es la hybris lo que lleva a actuar a Minos como lo hace, que la hybris es la “esencia” de su carácter. La diferencia entre el mito y la tragedia reside en que, en el primero, esa hybris no necesita siquiera ser nombrada para estar presente.
La tragedia, poniendo en marcha la acción del intelecto -o, más concretamente, “una manera de pensar”-, define este impulso mediante una palabra. La tragedia nombra aquello que el mito mostraba. Pero, con sólo nombrarlo, no está ofreciendo ninguna “nueva” explicación; no nos dice “qué es y qué no es” esa cosa llamada hybris. Nombrar con un término un impulso que mueve las acciones no parece que sea dar razón de sus causas. Es más, decir que el carácter actúa del modo que lo hace porque se deja llevar por la hybris, es tanto como afirmar que sus acciones están provocadas por fuerzas ocultas e inexplicables, de las que nada podemos comprender. Es señalar, de otra manera, lo que ya había mostrado el mito: que el acontecer de lo que hay -y los impulsos que mueven las acciones que conforman todo acontecimiento- está movido por “leyes” que a nosotros se nos escapan, que no podemos explicar ni entender. Es confirmar que en el fondo oculto de la vida anida lo impensable, lo imprevisible, lo que escapa a la voluntad humana. Para ir “más allá” en las explicaciones de lo que hay, la filosofía aprendería en seguida que lo primero que debía hacer era no cuestionarse las “razones del mito”; ignorar la “explicación” mítica.
De la tan añorada “sabiduría mítica”
Afirma J.-P. Vernant [22] que lo que dice el mito no puede decirse de otro modo. Acaso por eso la tragedia no podía decir nada más de lo que ya había dicho el mito. Cuando la filosofía trate de “decir algo más” comenzará cambiando de tema. Dejará fuera de su ámbito los relatos míticos, esa “sabiduría” arcaica que a los primeros filósofos les sonaba a “cuentos de vieja”. El propio Platón, quien iba a acuñar el término que definiría el nuevo modelo de pensamiento, sería un buen ejemplo de ese “olvido del mito” que impregnará toda la historia del pensamiento occidental.
Pero, aunque la tragedia no llegase a añadir nada nuevo, marcó un momento de paso decisivo en la historia de nuestra civilización al colocar, uno junto a otro, dos modelos de pensamiento que a partir de entonces se verían como antagónicos.
Por supuesto, no pretendo afirmar aquí que la tragedia fuese realmente el puente por el que pasamos del pensamiento mítico al pensamiento filosófico. Acaso la tragedia no fue más que una obra de creación artística que tuvo el privilegio de aparecer en ese momento decisivo: nació con la muerte del mito y murió con el nacimiento de la filosofía. Es en ese contexto, y por lo que encierra en sí de ambos modelos de pensamiento, donde la tragedia puede ser entendida como paradigma o modelo del “paso del mythos al logos”. Como metáfora para entender de que manera -a partir de cierta “revisión racionalizadora” del pensamiento mítico- se pudo tender un puente que nos trajese hasta donde hoy nos encontramos [23].
Pero una vez hubimos cruzado ese abismo de lo “innombrable” que se abría más allá del relato mítico -en lo que éste no podía “explicar”- el puente se hundió. Acaso por la imposibilidad de pensar lo impensable, de enfrentarse cara a cara con el enigma sin perder la vida. Y al hundirse también mostró que la grieta entre pensamiento y vida -desde que pusimos el acento en el primer término- era ya una sima insondable, como la distancia que a partir de entonces se iba a abrir para la filosofía entre la pregunta y la respuesta.
La tragedia parece poner en pie de igualdad esos cuatro elementos que componen no sólo el relato mítico o el filosófico, sino cualquier tipo de relato. Cuatro elementos que cada uno de los dos modelos de pensamiento colocó en un orden de prioridades, a la hora de combinarlos en sus respectivos relatos.
Mito y filosofía: el saber de los relatos
Mythos y éthos pueden verse como los dos elementos principales del relato mítico. El mito nos cuenta lo que sucede, narra las acciones que los personajes llevan a cabo para mover el orden de los acontecimientos. El mito habla de lo real y lo posible. Pero lo posible no es sólo lo  pensable, sino tanto lo imaginable como lo inimaginable. Para el pensamiento mítico son posibles lo uno y su contrario. La contradicción está perfectamente asumida en el pensamiento mítico; hasta el punto que, a veces, se diría incluso que es el  motor  de  los  acontecimientos.  En el  relato mítico -como en la vida- lo imprevisible, lo impensable, lo inesperado, está siempre dispuesto a asaltarnos.
También utiliza el mito los otros dos elementos: diánoia y léxis. En tanto que relato, su medio de expresión es la palabra; y, por supuesto, es la acción del pensamiento la que crea y recrea dichos relatos. Sin embargo, no pone el acento en estos dos últimos elementos, sino que los utiliza sólo como una forma de expresar lo que acontece. Tomando una metáfora pictórica usada por Aristóteles [24], palabras y pensamiento son -en el relato mítico- los colores y los pinceles con los que crear la imagen de lo que se representa.
La filosofía, por su parte, pondrá el acento en estos dos últimos elementos. Diánoia y léxis serán los dos pilares sobre los que se construya el modelo de pensamiento filosófico. La acción del pensamiento -la pura reflexión- y el medio en el que ésta se expresa -la palabra- van a construir todo el entramado de esta nueva forma de ver y explicar el mundo. La reflexión filosófica parte de las palabras -los conceptos, las proposiciones del lenguaje-, y a partir de ellas trata de explicar las razones y las causas de lo que acontece, y de las acciones que mueven el acontecer -aunque con ello no haga más que crear un nuevo tipo de relato.
La tragedia, en tanto que paradigma del paso de un modelo de pensamiento a otro -como un gozne que une y separa a la vez-, conjuga en un efímero e insostenible instante esos dos pares de elementos, como si tratase de armonizar esos dos modelos de pensamiento. Por una parte, da cuenta de que algo pasa, relata las acciones que son la urdimbre de los acontecimientos, narra el devenir con argumentos míticos; por otra, intenta hallar alguna explicación a lo que pasa, mediante el lenguaje y la acción del pensamiento, trata de comprender qué mueve el acontecer y los destinos humanos. En mi opinión, el momento en el que apareció la tragedia griega, fue como ese instante en que el péndulo parece inmóvil -cuando se halla justo en el centro- antes de seguir desplazándose hacia el extremo opuesto. Ese momento que da cuenta tanto del camino recorrido hasta entonces como de la dirección del camino a seguir.
En los escasos cincuenta años que separan a Esquilo de Eurípides, pasamos de una tragedia, que es casi una narración mítica puesta en boca de un personaje en escena, a otra en la que los personajes intentan ser dueños de sus propios destinos, mover los acontecimientos con la acción de su intelecto.
Pero ese intento es vano, y en toda la tragedia lo inimaginable, lo impensable, aquello de lo que el intelecto no puede dar razón, nos asalta una y otra vez. Lo inesperado, lo innombrable, mueve la acción del ethos trágico. El elemento daimónico, la hybris, sigue moviendo a los personajes, sigue estando en el fondo oculto de la vida, haciendo que el carácter actúe. Puesta en marcha por su daimon, la hybris del personaje trágico señala que las causas de su actuación están más allá de lo que el pensamiento puede percibir y comprender. Las razones del mito escapan a las redes del logos; el lenguaje demuestra ser una red demasiado gruesa para aprehender las sutilezas que mueven el devenir. Lo trágico apunta hacia ese frustrado intento, en el que el pensamiento pretendió hacerse cargo de la vida.
A partir de la muerte de la tragedia, se abre para el pensamiento occidental un abismo entre acción y reflexión. Ese abismo que separa el mythos y el logos. La cisura entre lo que hay y lo que pretende dar explicación de lo que hay. La muerte de la tragedia muestra la grieta que existe entre pensamiento y vida.
La filosofía o el relato de un desengaño
El pensamiento mítico ponía el acento en un mostrar y relatar “lo que hay”, en un representar el acontecer y el carácter de lo que actúa. El pensamiento mítico era un nous (de la acción noeo, “ver, observar, percibir”) abierto a percibir “lo que hay”. Poco importaba el grado de “realidad” o el valor de verdad del relato, ya que, para el pensamiento mítico -acaso mucho más cerca de la oculta fuente de la vida-, todo lo imaginable era posible. La palabra era un medio para expresar, para relatar lo que se había “visto”, lo que se había percibido. O lo que el pensamiento mítico “creía” percibir, que, para el caso, era lo mismo.
Para el pensamiento mítico la acción no necesitaba ser explicada. Bastaba con “saber” ver que los destinos humanos están movidos por impulsos innombrables, que lo que acontece hunde sus raíces en lo que no se puede conocer. El mito “sabía” que el mundo hace de velo a sí mismo, y que no se puede conocer su oculto trasfondo porque, precisamente, “lo que hay” es lo que se ve. El pensamiento mítico parecía haber comprendido que nuestro efímero intelecto no puede atrapar la eternidad del devenir, y no se dejó insuflar vanas esperanzas de hallar explicación alguna a cuanto existe.
La tragedia empezaría a poner nombres a algunas de las fuerzas que mueven el devenir. Después, con los conceptos en la mano, la filosofía acabaría por dar la vuelta a la escala de importancia de esos cuatro elementos que componen la tragedia -y cualquier relato-, colocando pensamiento y palabra en el lugar de preeminencia (el pincel y los colores con los que representar), y dejando en segundo plano el relato y los caracteres. Para la filosofía cualquier cosa que pudiese existir debía poder ser explicada por el pensamiento, y, por lo tanto, lo inexplicable sencillamente no podía existir.
El pensamiento filosófico elevará el lenguaje y los conceptos a la categoría de verdad. Hará de las proposiciones del lenguaje la única explicación válida de lo que acontece. Encontrará las “leyes” de lo que hay en la pura y abstracta reflexión teórica, en el resultado de la sola acción del intelecto. Para ello, dejará de lado los relatos míticos, de los cuales ninguna verdad podía extraerse, y creará un entramado intelectual en el cual deberá caber cualquier acción que pueda existir. Dejará fuera lo imprevisto, por impensable, lo que no se ajuste a sus leyes, cerrando los ojos al misterio de lo que está oculto.
Pero el hecho de que estemos ya instalados en este modelo de pensamiento filosófico no significa que se haya cerrado la grieta que mostraba la tragedia. Muy al contrario, la grieta que se abre entre pensamiento y vida se hace cada vez más palpable conforme se avanza por el camino de la filosofía. Porque ahora, la filosofía, además de mostrar el abismo que se abre entre mythos y logos, señala la imposibilidad de dar un paso atrás, de recuperar la “sabiduría” mítica.
El pensamiento mítico mostró que del oculto flujo de la vida sólo se podía saber que no se puede saber nada; que el enigma del existir sería siempre una pregunta sin respuesta. La filosofía nace cuando se pretende que se pueden contestar todas las preguntas. Y en esa pretensión, poco a poco, empezará a preocuparse sólo por las respuestas.
Antes de que hubiésemos dado este “paso adelante” en el pensar, lo enigmático no podía mostrarse como un abismo, ya que ni respuestas, ni explicaciones, ni verdades tenían aún valor alguno. No se habían inventado tales conceptos porque no se había planteado aún su necesidad. Mostrar lo inexplicable era acaso el principal sentido del relato mítico. Una vez instalados en nuestro modelo de pensamiento racional se mostrará el hueco que se abre cuando el pensamiento trata de “explicar” lo impensable.
Entonces, al mirar atrás, se siente que se ha dejado algo en el camino, que se ha olvidado algo: acaso esa sabiduría añorada por Platón. Desde aquí podemos observar el mito como el lugar en el que se afirmaba la imposibilidad de comprender lo inefable; y seguiremos releyendo los mitos tratando de imaginar qué saber oculto se escondía en ellos.
La grieta que se abre hoy entre mythos y logos es el abismo al que va a parar todo aquello que el pensamiento no puede aprehender. Cuando lo impensable se hace real, cuando lo posible supera a lo pensable -y nos deja sin asideros para explicarnos lo que nos pasa, para habitar cómodamente nuestro existir como humanos-, esa grieta muestra sus tintes trágicos. Lo trágico nos empuja al abismo que se abre entre pensamiento y vida. Lo trágico nos coloca ante esa incomodidad de habitar lo impensable. Lo trágico nos recuerda que “conocer es menos real que vivir” [25], que “conocer es perder algo del manantial de la vida” [26].
Desde el pensamiento filosófico, la grieta que nos separa del mito señala también el momento en que el pensamiento empezó a perder la memoria de lo que sabía, en su afán por ir más allá. Ese momento en el que, empujado por su hybris, el pensamiento trató de descubrir el velo del mundo. Y, al levantar el velo, descubrió que tras él sólo se escondía el propio mundo.
Transcurridos casi veinticinco siglos desde que nos instalamos en este nuevo modelo de pensamiento, la filosofía contemporánea parece empezar a entender, al fin, que tras el velo del mundo no existen “esencias” ni “ideas” ni “verdades”; que lo que hay no es más que el devenir de lo que existe. Ese sinsentido del enigma sin respuesta. Esa contradicción del pensamiento que consiste en ser capaz de plantearse preguntas a las que nunca podrá contestar. Y acaso, algún día, la filosofía logrará dar “otro paso más”, y empezará a comprender que lo que el pensamiento olvidó, aquella añorada sabiduría, tal vez no fuera más que un invento de filósofos. ¿Asumiremos entonces el desengaño de saber que la “sabiduría” no era más que otro engaño?







[1] Poética, 49b 24-28.
[2] Op. cit., 49b 32-50a 7.
[3] Op. cit., 50b 17.
[4] Op. cit., 50b 19.
[5] Op. cit., 50 a 38.
[6] Op. cit., 49b 24-28.
[7] Op. cit., 50a 4.
[8] Op. cit., 49b 36.
[9] Op. cit., 50b 5-12.
[10] Op. cit., 50b 14.
[11] En Cantarella, R. I Cretesi, Istituto Editoriale Italiano, Milán, 1963.
[12] Véanse Plutarco, Vida de Teseo, 9,3 y 19, 4-7 y Apolodoro, Biblioteca mitológica, III, 1,3.
[13] Si tenemos en cuenta una de las “lecturas” de este mito, según la cual la muerte del Minotauro a manos de Teseo simbolizaría la destrucción del imperio cretense -y de la civilización minoica- a manos de los atenienses. Véase, Santarcangeli, P., Le livre des labyrinthes, Gallimard, París, 1976, págs. 183-245.
[14] Fragmento 4 de Los cretenses, en Cantarella, op. cit.
[15] Ibid.
[16] Heráclito, fragmento 119, en Estobeo, Antología, IV, 40, 23.
[17] Platón, Banquete 202e-203b.
[18] Platón, Critias 121.
[19] Platón, Timeo 24a-25d.
[20] Teognis, 151-152, en Rodríguez Adrados, F., Líricos griegos, Alma Mater, Barcelona, 1956.
[21] Véase, Cifuentes, D.,  “En el centro del laberinto: la hybris y el Minotauro”, Convivium, núm. 9 (1996), Barcelona, págs. 38-48.
[22] Mito y sociedad en la Grecia antigua, Siglo XXI, Madrid, 1994, pág. 188.
[23] Hasta este entramado de las acciones del intelecto, en el que unos personajes (ideas, conceptos o palabras -cada uno movido por su carácter, por su hybris-) van tejiendo ese relato de acontecimientos mentales al que llamamos filosofía -o, si se prefiere, simplemente pensamiento racional.
[24] Poética, 50b 2-3.
[25] Colli, G., Filosofía de la expresión, Siruela, Madrid, 1996, pág. 34.
[26] Op. cit., pág. 39.